Más allá del «nosotras»: Tensiones y deudas compartidas en el pensamiento de Esposito.

1. Introducción: El mito de la cabaña acogedora


Piensa en esa sensación cálida, casi eléctrica, de pertenecer. El grupo de amigas donde los códigos son telepáticos. El colectivo activista donde la furia y la esperanza son compartidas. Esa comunidad online donde, por fin, parece que todas piensan como tú. Es la imagen de una cabaña acogedora, con el fuego crepitando, mientras afuera ruge la tormenta de la incomprensión y la soledad. Es seguridad, identidad, calor.

Pero detengámonos un momento. ¿Qué pasa cuando, para mantener el calor, cerramos tan bien las ventanas que la cabaña se queda sin oxígeno y se vuelve una jaula? ¿O cuando, para que el fuego no se apague, tenemos que avivar las llamas con los cuerpos de quienes dejamos afuera? Esa imagen reconfortante de la comunidad, ese «nosotras» que nos define, puede ser también nuestra trampa más peligrosa.

Este artículo es una invitación a demoler esa cabaña. Con la ayuda de las herramientas teóricas del filósofo italiano Roberto Esposito, vamos a deconstruir una de nuestras ideas más preciadas y, a la vez, más engañosas del habla cotidiana: la comunidad. Desglosaremos cinco revelaciones contraintuitivas que están hechas para rentar tu forma de pensar sobre la pertenencia, el conflicto y la política.

2. El origen del incendio: La violencia no viene de fuera, es el corazón de lo «común»



Nuestra primera certeza a demoler es la más tranquilizadora: creemos que la violencia es un ataque externo, un «ellos» que viene a perturbar nuestro pacífico «nosotras». Esposito, sin embargo, nos obliga a mirar los mitos fundacionales de nuestra cultura. En la Biblia, la historia humana arranca con un fratricidio: Caín asesina a su hermano Abel. En la mitología romana, la fundación de la ciudad más poderosa de la Antigüedad se sella con otro: Rómulo asesina a su hermano Remo.

El elemento clave es que son crímenes entre hermanos. La sangre que funda la comunidad es sangre familiar. Citando al teórico René Girard, Esposito argumenta que la violencia no nace de la diferencia, sino de un exceso de semejanza, del «deseo mimético»; es decir, el hecho de que deseamos algo no por el objeto en sí, sino porque la otra, nuestra semejante, también lo desea, convirtiéndonos en rivales idénticas. Los hermanos se matan no a pesar de ser parecidos, sino precisamente porque lo son. Desean lo mismo, se ven como un reflejo insoportable del otro, y en esa identidad mimética surge el conflicto mortal. La violencia, por tanto, no es una invasión; es una implosión.

En la representación mítica del origen, la violencia no sacude a la comunidad desde el exterior, sino desde su interior, desde el corazón mismo de eso que es «común».

Esta idea es profundamente perturbadora. Vivimos en una época que nos vende la unidad, la concordia y la búsqueda de «lo que nos une» como la solución a todos los males. ¿Y si nuestra obsesión por borrar las diferencias para forjar una identidad común es, precisamente, lo que enciende el fuego de la violencia?

3. La palabra que lo cambia todo: No es lo «común», es el «munus»



Aquí es donde Esposito ejecuta su giro más radical. Intuitivamente, asociamos la palabra comunidad con lo común. Pensamos que una comunidad es un grupo de personas unidas por algo que poseen en conjunto: una identidad, una patria, una ideología, una propiedad compartida.

Esposito reta esta idea desde su raíz etimológica. Communitas, nos explica, no viene de común, sino de la unión de cum (con) y munus. ¿Y qué es el munus? Es un concepto del derecho romano con un doble significado fascinante: por un lado, es un deber, una obligación, una carga; por otro, es un don que se da sin esperar nada a cambio, un regalo que nos empobrece.

La tesis es de lo más provocador: la comunidad no es un conjunto de personas unidas por un «más» (una propiedad que todas tienen), sino por un «menos» (una deuda, una falta, una obligación que todas comparten). Pertenecer a una communitas no significa tener algo, sino deber algo. Significa estar en deuda con la otra, tener la obligación de darse, de exponerse, de perder una parte de lo propio en favor de la otra.

Este giro no es un mero juego de palabras; es una intervención filosófica crucial. Pensadoras previas, como Jean-Luc Nancy, se habían concentrado en el cum (el «con»), dejando el concepto de comunidad en un estado teóricamente rico pero políticamente inerte. Al desplazar el foco hacia el munus, Esposito le devuelve a la comunidad su filo político.

El investigador Joel Flores Rentería ilustra magistralmente el concepto de Esposito con el ejemplo de Voltaire y su famosa frase (atribuida): «No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo». La libertad de expresión es el munus, un bien común del que nadie puede apropiarse individualmente. Al contrario, nos impone una deuda: la obligación de defenderlo para las demás, incluso para quienes consideramos nuestras adversarias. Nos une no la posesión de un derecho, sino la carga compartida de protegerlo.

4. El abrazo que asfixia: La trampa mortal de la inmunidad


Si communitas es estar unidas por la obligación del munus, su contrario lógico es la immunitas. Ser inmune (in-munus) es estar exenta de esa obligación, dispensada de esa carga. Este concepto, que Esposito rastrea en su doble origen jurídico y médico, es el paradigma de la protección, de la defensa de lo «propio» frente a la contaminación de lo ajeno.

Esposito utiliza la metáfora de la vacuna para explicar la paradoja mortal de la inmunidad. Para proteger al cuerpo de un mal (un virus), le inoculamos una pequeña dosis controlada de ese mismo mal para que genere defensas. De forma análoga, para proteger a la sociedad de la violencia, el Estado moderno utiliza la violencia controlada (la ley, la policía, el ejército). La inmunidad es necesaria para sobrevivir.

El peligro, sin embargo, es el exceso de inmunización. Cuando un sistema inmunitario se vuelve paranoico y demasiado agresivo, deja de distinguir entre lo propio y lo ajeno y empieza a atacar al propio cuerpo. A esto le llamamos una enfermedad autoinmune. En política, ocurre lo mismo. La obsesión por la seguridad, por blindar una identidad «pura» contra cualquier amenaza externa (la migración, la disidencia, las ideas diferentes), lleva a la comunidad a atacarse a sí misma, a sacrificar su libertad y su vitalidad en el altar de una supervivencia estéril.

La inmunidad, aunque necesaria para la conservación de nuestra vida, una vez llevada más allá de un cierto umbral, la constriñe en una suerte de jaula en la que acaba por perderse no sólo nuestra libertad, sino el sentido mismo de nuestra existencia…

En el intento de protegernos, corremos el riesgo de destruirnos. Se produce lo que el filósofo Walter Benjamin llamó «el sacrificio de lo viviente… por razón de la simple supervivencia»: renunciamos a una vida plena y libre a cambio de una existencia meramente biológica, segura pero vacía.

5. El Bien™ es el Mal: Cómo tu ideología construye al enemigo que necesita para sobrevivir


Esta lógica autoinmune se manifiesta de forma letal en la política cotidiana, como lo desglosa el filósofo Darío Sztajnszrajber. Toda lucha política es, en esencia, una lucha por el poder. Sin embargo, casi nunca se presenta como tal. Siempre se disfraza de una cruzada moral: una lucha por «el Bien».

La consecuencia es inmediata y letal. Si «nosotras» encarnamos el Bien, quienes piensan diferente no son simplemente personas con otra opinión; son la encarnación del Mal. No están equivocadas, son el enemigo que debe ser combatido y, en última instancia, eliminado.

Sztajnszrajber, siguiendo a Nietzsche, nos recuerda que el Bien necesita desesperadamente al Mal para poder definirse. El Bien existe en contra de algo. Por lo tanto, la batalla contra el Mal nunca puede ganarse del todo, porque si el Mal desapareciera, el Bien perdería su propósito, su identidad, su razón de ser. El Bien está, perversamente, en un proceso constante de construir y nombrar al enemigo que necesita para sobrevivir.

La pregunta que cae como una losa es inevitable: ¿no es la peor de las maldades construir el mal en nombre del bien? Esta deconstrucción nos obliga a mirar con sospecha nuestras propias certezas morales y a preguntarnos a qué «mal» necesita nuestra ideología para sentirse «buena».

6. Globalización: El pánico inmunitario frente a un mundo sin muros



Finalmente, Esposito conecta todo esto con el fenómeno que define nuestra era: la globalización. Su tesis es que el mundo globalizado se parece mucho a esa «comunidad originaria» de los mitos: un espacio caótico, fluido, sin fronteras claras, donde todo se mezcla, se contagia y se contamina constantemente. Un mundo sin un «afuera» claro.

La reacción a este escenario ha sido un espasmo inmunitario a escala planetaria. Cuanto más se disuelven las fronteras económicas y digitales, más violenta es la reacción de «rechazo» identitario. El resurgimiento de nacionalismos extremos, la obsesión con la pureza racial o cultural, y la construcción de muros físicos y simbólicos son los síntomas de una crisis autoinmune global. Intentamos desesperadamente reconstruir las defensas de lo «propio» contra un mundo que ya es ineludiblemente «común».

Nunca se han elevado, en todo el mundo, tantos muros como tras la caída del gran muro simbólico de Berlín. Nunca como hoy, cuando el mundo es una totalidad unitaria, se ha sentido la necesidad de trazar nuevas líneas de bloqueo…

A guisa de Conclusión: ¿Y si abrimos la puerta?


Hemos viajado desde la comunidad como una propiedad compartida hasta entenderla como una deuda ineludible con la otra. Hemos pasado de buscar la seguridad en el cierre de nuestras fronteras a reconocer el peligro mortal de la autoinmunidad. Hemos visto cómo nuestra necesidad de ser «las buenas» nos obliga a fabricar «malas».

Este texto no ofrece una solución, sino que busca abrir una grieta en nuestras certezas. La filosofía no está para darnos respuestas cómodas, sino para formular preguntas incómodas.

Así que la pregunta final es esta: ¿Qué pasaría si, en lugar de reforzar las cerraduras de la cabaña, empezamos a pensar nuestros sistemas inmunitarios no como muros infranqueables, sino como filtros porosos, membranas de intercambio? ¿Es posible construir una política afirmativa, una comunidad de «cualquiera», que abrace la inevitable contaminación de la otra sin autodestruirse en el intento?

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📚 Bibliografía recomendada:

  • Esposito, R. (2003). Communitas: Origen y destino de la comunidad. Buenos Aires: Amorrortu.
  • Esposito, R. (2005). Immunitas: Protección y negación de la vida. Buenos Aires: Amorrortu.
  • Esposito, R. (2006). Bíos: Biopolítica y filosofía. Buenos Aires: Amorrortu.


🧠 Mi Cuaderno de Trabajo en NotebookLM


Como parte de este proceso de comunicación científica, pongo a tu disposición mi mesa de trabajo. En el siguiente enlace encontrarás un cuaderno de NotebookLM cargado específicamente con los textos de Esposito que analicé para escribir esta entrada.


Puedes interrogar mis fuentes, buscar conceptos clave o simplemente explorar el andamiaje de mi pensamiento:
https://notebooklm.google.com/notebook/02bc886b-e5bc-494d-b620-ce83e9a2c451
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